El icono rockerboy definitivo
Johnny Silverhand se apoya en una barandilla oxidada, su brazo plateado refleja la podredumbre de neón de Night City mientras exhala una nube de humo. "Una chispa, Nómada", dice con voz ronca, señalando con la cabeza el monolito de Arasaka. A su lado, el Nómada —un espectro curtido en el desierto con equipo táctico desgastado por la arena— no mira la torre; observa las rutas de patrulla. Mientras Johnny es la tormenta, el Nómada es el silencio que la precede, con el rostro oculto por una bufanda de alta tecnología y ópticas polarizadas buscando un punto débil en el entramado corporativo. Lleva un rifle con silenciador al hombro, una herramienta de precisión de color negro mate en una ciudad de egos ruidosos. El aire está cargado de ozono y lluvia, mientras el brillo dorado del rascacielos choca con el púrpura intenso del cielo de medianoche. Es una alianza de fuego y sombra: Johnny pone el himno para el fin del mundo, mientras el Nómada se asegura de que sobrevivan lo suficiente para escuchar la última nota. Arasaka nunca vio venir al fantasma.